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Mostrando las entradas etiquetadas como relatos

Tren

Hoy iba en el tren leyendo mi propio libro. Ya lo estaba leyendo mientras esperaba el trasbordo y al elegir un asiento rodeado de otros vacíos en mi afán por perseguir la soledad, el chico que estaba detrás de mí en el andén se ha sentado enfrente. Yo he seguido leyendo, intentando reconocerme en esas páginas llenas de versos y palabras que me sonaban viejos, casi ajenos. He sentido cariño por esa Blanca tan niña y de alma vetusta, y cierto orgullo por estar -literalmente- en el siguiente tren. Me absorbían mis propias palabras, aunque me sonasen raras, y la música que golpeaba tal vez con demasiada fuerza mis tímpanos. La música, siempre. Fuera de mi burbuja, como si de una dimensión lejana se tratara, sonaba una voz. El chico de enfrente me estaba mirando y movía la boca.  Me he despertado de mi ensimismamiento y me he quitado los auriculares dejando a Santi Balmes y a Enrique Bunbury en un segundo plano sin dejar de sonar.  Perdona, ¿qué? Sigo igual de empanada que siempre,...

Diciembre

Hoy ya es diciembre y a mí me parece que el tiempo se me ha resbalado de las manos y aún tengo mi habitación llena de trastos de por miedo. Todavía no he recogido, ni he terminado de limpiar los rincones, porque me dejé la escoba apoyada en la pared para acurrucarme en la cama cerrando bien fuerte los ojos. Ni siquiera me tumbo, sólo me quedo ahí, apretando mi pecho contra las rodillas y los ojos contra la realidad. Hoy ya es diciembre y me queda tanto por hacer, como si los días, las semanas y los meses se me hubiesen escapado de entre los dedos y yo me hubiese quedado quieta sin hacer nada por evitarlo. Fuera cae la noche, pero no hace frío. Parece que el invierno se está esperando a que salga yo para llegar y llenarme de nieve y hielo las pestañas. O tal vez para darle una última oportunidad a este año que he agotado sin darme cuenta. Echo la vista atrás y hacia dentro y veo evolución. No he estado quieta, pienso. Pero la sensación es esa.  Hoy ya es diciembre y todavía faltan r...

Pliegues

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Verla desnuda era todo un espectáculo.  Era una especie en extinción, una serie de curvas perfectas delineando un alma perfecta: ajustadas, sin dejar lugar a la imaginación, curvas tan suaves que dejaban entrever la pureza de su ser. Su piel, suave, tersa. Su figura, exquisita. Su pelo, la locura. Sus ojos, oscuros como para perderse en ellos. Me habría perdido en ellos y en cada uno de los pliegues de su cuerpo. Verla así, desnuda, era una delicia.

Sentidos

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. Sonaba jazz en el tocadiscos. Sus ojos, cerrados. Bendita oscuridad, qué claras deja ver las cosas.  Sus oídos escuchaban. Le llegaba al alma. Las notas le llegaban al alma. Su nariz le recordaba su olor, embriagador, cálido. Su mejilla sentía la lágrima que había empezado a resbalar, tímida, desde allá arriba, donde la intensa profundidad de su iris.  Sus labios, curvados en una sonrisa, la probaron salada al frenar su caída. Su corazón, sentía. Bendita oscuridad. Sonaba jazz en el tocadiscos.  Y ella sentía. Ilustración: Sara Herranz Blanca PeGarri

16:18

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Todo pasó en apenas unos segundos. Pero para ella, que yacía en el suelo del dormitorio, con los labios pintados de rojo y un vestido de flores amarillas, como las margaritas que decoraban su ventana, los acontecimientos ocurrieron con pausa, percibiéndolos de manera ralentizada y borrosa. Las hojas de papel caían lentamente desde la mesa hacia el suelo. El vaso, con restos de whisky escocés, rodaba volcado sobre el escritorio de madera oscura mojando las pocas hojas que aún quedaban y emborronando la tinta de la pluma que había utilizado para escribir su carta. Era una carta extensa, la más larga de su vida. Y la última. Tal vez era por eso, aunque ella nunca imaginó que no volvería a sentarse a escribir. En su espalda, una herida que teñía de rojo su vestido de flores amarillas, a juego con sus labios, que temblaban intentando hablar. En su escritorio, la última hoja que quedaba era la de despedida: "Con todo el amor que te puedo ofrecer, siempre, siempre tuya" El ...

Pájaros negros

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A través de la ventana veía los pájaros volar. Volaban alto y se perdían entre las nubes espesas, grises, de vez en cuando blanquecinas. Aves negras, algo tétricas, graznando terriblemente, pero volando, alto, libres.  Se preguntó cuándo sería libre. Libre de sus pensamientos envenenados, negros como las plumas de esos pájaros que siempre le habían resultado odiosos y que ahora tanto envidiaba. Libre de ese peso que llevaba consigo desde hacía ya tanto tiempo.  Había luchado por esa libertad, oh, sí, pero no lo suficiente. En su fuero interno sabía que existía un minúsculo pero poderoso deseo de aferrarse a esa oscuridad. Pero esta vez se había plantado, con la firme decisión de vencer a esos fantasmas que atormentaban su alma consumiendo hasta la última gota de esperanza.  ¿Era feliz? Ni siquiera sabía ya responder a esa pregunta. Cualquiera diría que sí; su vida era exitosa, todo iba sobre ruedas, sonreía continuamente, bromeaba y hacía reír a los demás, su tra...

El sino

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- Siento desilusionarte, pero el destino no existe. Todos esos cuentos que dicen que todo es cosa del destino no son más que patrañas. No hay nada escrito. No hay nada, ni nadie, que al principio de los tiempos, cuando no había siquiera una pequeña célula que pudiese creer en Dios, cogiese un libro gigante e imaginario y se pusiese a escribir la vida de millones y millones de personas: infancias felices o desgraciadas, juventudes llenas de amor y desamor clamando a este destino, madurez de algunos, vejez de menos, alegrías, desdichas, encontronazos y catástrofes. Todo eso se salta por completo cualquier lógica. Y no es que yo no sea un soñador, bien sabes que soy el primero que persigue sus sueños y que vive con ilusión. Pero precisamente es por esto porque lo hago: ¿de qué me serviría a mí luchar por mis sueños si todo ya estuviera escrito? ¿Es que acaso no triunfaría si debiese hacerlo o fracasaría si así lo indicara mi destino? Entonces, de qué serviría el esfuerzo. O la ilusión. ...

De un viejo a un viejo amigo

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Quererla era mejor que cualquier cosa en el mundo. Mejor que el verano y que todo lo que éste conllevaba: mejor que observar el vuelo de las libélulas, mejor que escuchar los grillos por la noche, mejor que la brisa con olor a salitre, mejor que sentir las olas rompiéndose en los pies, mejor que rozar el agua del lago con la punta de los dedos, mejor que ver el cielo cubierto de estrellas, mejor que el silencio, mejor que el abrazo del sol, mejor que las tormentas repentinas, mejor que el olor a pino, mejor que las hileras perfectas de hormigas, mejor que encontrar conchas enteras, mejor que los helados - de chocolate, mantecado, leche merengada, limón -, mejor que la piel bronceada, mejor que el reflejo del sol, mejor que el aire puro, mejor que dormir largas siestas, mejor que comer sandía, mejor que sacar la mano por la ventanilla del coche, mejor que leer decenas de novelas, mejor que el tiempo libre, mejor que las nuevas ideas y los nuevos proyectos. Quererla era mejor que tod...

Tira de mi mano

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Tira de mi mano.  Te seguiré como el pez sigue la corriente, como el pájaro el aire.  Te seguiré como el más tonto de los mosquitos sigue la luz.  Tira de mi mano fuerte y no me sueltes.  Porque quiero seguirte y sentirte, caerme el mayor de los batacazos contigo, levantarme del suelo contigo, cansarme, reír, llorar, sudar, sonreír, tropezar.  Pero contigo.  Eso siempre va a ser así.  Sea lo que sea, sea como sea.  Será felicidad al fin y al cabo.  Así que no me sueltes. Blanca PeGarri.

Quiero "bersos"

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Quiero que me muerdas, que estires tu mano, que roces cada milímetro de mi piel, quiero calor. Quiero casualidades y encontronazos, quiero que me esquives la mirada y que otras veces me mires fijamente hasta que me incomode. Quiero buenos días y mejores noches, quiero chupitos, igual da si son de tequila, si hay limón, si sólo hay sal, quiero otra vez miradas y besos furtivos, quiero a escondidas, quiero a gritos, quiero que no pueda ser y quiero que sea, quiero que pueda ser y no sea. Quiero sonrisas, pero más aún quiero risas, compartidas, por supuesto. Quiero gestos cómplices, quiero que nadie vea nada, manos entrelazadas bajo la mesa, quiero que quien nos conoce bien lo vea todo, hasta las manos entrelazadas bajo la mesa. Quiero sonrisas entre besos y besos entre risas, ataques de risa, quiero nervios y bromas. Quiero escapar corriendo, quiero que me invites a una nueva aventura, quiero sobrevivir y morir en tus brazos, quiero dormirme y no despertar, o despertarme contigo. Quiero...

Romeo, Julieta y su maldito secreto.

Respirar se me antoja demasiado difícil. Es mucho más sencillo dejarme llevar por el oleaje, dejarme arrastrar por este mar de sueños, dudas y miedos que inundan mi cabeza y ahogarme con ellos. Ya nunca más necesitaré una aspirina, un vaso de agua o un abrazo. Ya nunca más necesitaré nada, estoy dispuesto a ahogarme, a hundirme en mi tristeza y morir en ella, igual que morían las lágrimas de Julieta cuando llegaban a la suave línea de sus mandíbulas, igual que moría Romeo, igual que moría Julieta. Es mucho más sencillo dejarse morir. Habían pasado ya casi treinta años desde que escribió esas palabras, casi de despedida, en su diario. Nunca había pensado en quitarse la vida, al menos no literalmente. Le gustaba demasiado vivir como para hacer algo así. Y es que, esas palabras, guardaban más que un simple texto, más que una simple despedida, guardaban más que simples palabras. Guardaban un secreto, el secreto, el suyo. El suyo y el de ella. Porque treinta años atrás se hacían l...

Vida nueva

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Tenía que cambiar de vida. Un simple cambio de imagen no iba a ser suficiente. Mover los muebles de su casa tampoco. Ni esconder las fotos, ni cambiar de bar favorito, ni de colonia, ni de marca de tabaco. Necesitaba un cambio real. Al fin y al cabo, incluso con esas pequeñas diferencias, seguía siendo ella misma. Igual de fuerte, igual de ingenua, igual de insegura, igual de lista, igual de bipolar.  No podía dejar que esas cosas, esos pequeños e insignificantes detalles, amargaran su camino. No podía permitir que ni una lágrima más manchara de salado lo dulce de su vida.  Por mucho que los añorara, por mucho que faltasen día tras día, noche, sobre todo, tras noche. Y de repente un sobre de correo aéreo, con un remite muy deseado, le abrió las puertas a una nueva vida. A su nueva vida. A su sueño (casi) hecho realidad. Y esa noche, cerrando los ojos y con un suspiro que dejaba entrever la comisura de sus labios torcerse hacia arriba, dejó atrás por unos instantes t...

Y aun así

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Ahora lloraba silencios. Ya no le quedaban lágrimas, se le habían acabado de tanto usarlas. Ahora seguía llorando, pero así, en silencio, llanto seco que salía de su pecho y se ahogaba en la nada.  Habían quedado atrás los ojos bañados en lágrimas, las almohadas húmedas, los pañuelos envueltos en llantos...  Podía vivir así, era soportable, se podía llevar. Pero aun así, quería que volviera. Y eso le confirmó que le quería, pero de verdad. Estaba enamorada como una tonta, como una loca, como la mujer más inteligente. Hasta las trancas. Baluarte.  Elvira Sastre Blanca PeGarri.

SIN BUENAS NOCHES NO HAY NOCHES BUENAS

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No podía dormir. Miraba el reloj de su mesilla de noche y las manecillas avanzaban cada vez más lentamente, sin que pudiera conciliar el sueño. No era su primera noche en vela, ni sería la última. Ni las infusiones relajantes ni las pastillas le servían ya para descansar, mucho menos para soñar (a no ser que fueran sueños de los que se convierten en tormentos. Entonces, su imaginación parecía no tener límite). Las sábanas se habían convertido en su abrazo, la almohada en su confidente y el tic tac del reloj en un chivato que se burlaba de ella, recordándole que no, que no dormía, que al día siguiente las ojeras dibujarían de malva el contorno de sus ojos cansados, que el tiempo pasaba y, con él, sus fuerzas. Y en su desvelo, miró la agenda que estaba sobre la mesita y un corazón dibujado en el día siete la abatió. Acarició con la yema de sus dedos ese corazón de tinta azul; hacía tanto que nadie acariciaba el suyo...  Es la única vida que podemos compartir... Impot...

Luna

Esa noche había luna llena. No era tan blanca como de costumbre, sino que  una luz anaranjada la adornaba tornándola tenue, color melocotón, misteriosa, suave y bella. Emma observaba con ojos brillosos las manchas grises de la luna, esos agujeros que una vez alguien hizo lanzando piedrecillas con un tirachinas. Esa noche Emma durmió con las cortinas descorridas, bañando su habitación y su piel de luz de luna. Copyright © All Rights Reserved Blanca PeGarri

vida soñada

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"Mi vida es mucho más interesante dentro de mi cabeza." Esta frase permaneció clavada en mi memoria desde el primer momento en que la leí y, desde entonces, nunca me ha abandonado. Qué triste tener que recurrir a la imaginación para poder tener una vida de ensueño... Qué bien tener imaginación para poder soñar... No hay mal que por bien no venga.  Esta frase me molestó, me abarrotó el cerebro, me afectó, me acompañó. ¿Por qué mi vida era tan aburrida, tan monótona? ¿Por qué mi vida no era tan interesante como lo era dentro de mi cabeza? Cuando tenía un rato libre, y cuando no, me evadía a otros mundos, en lo más profundo de mis pensamientos, y volaba, volaba con ellos como un pájaro dejándose llevar por las ráfagas de aire, planeando, flotando, viviendo. La sombra de los árboles se convertía en monstruos, los gorriones en dragones, las casas abandonadas en antiguos palacios encantados, el chico del asiento de enfrente en el metro, en la historia de amor más bonita.  ...

Esto no es una historia de amor

Sentí el susurro de sus labios en mi oído, como pude sentir su aliento caliente, que provocó que todos los vellos de mi cuerpo se erizaran. - Permite que te diga que estas preciosa esta tarde - me había dicho, con esa voz susurrada pero grave, intensa. Di un respingo al escucharlo. No lo esperaba tan pronto. Se quedó detrás de mí, su cara aún pegada a mi oreja, respirando el perfume del agua de colonia que me había puesto antes de salir de casa. Me di la vuelta para encontrar su rostro a apenas cinco centímetros del mío, con esos ojos mirándome intensamente, como si en cualquier momento pudiera esfumarme. Puede que tan solo pasaran segundos, quién sabe. Lo único que puedo decir es que fueron unos segundos largos e incómodos. Me aparté nerviosa y emprendí el camino con la cabeza gacha, a sabiendas de que él me pisaba los talones. Caminamos así durante minutos, hasta que un semáforo en rojo me hizo parar, provocando que él se colocase a mi lado. Buscó mi mirada. Yo la evité. Sab...

El color de la bohemia

Aquella noche llovió como no había llovido en meses. Miraba por la ventana como hipnotizado, esa danza de gotas cayendo en picado y formando innumerables ondas en los charcos de las aceras. El aguacero caía con furia y el repiqueteo en el cristal se le antojaba relajante. Sonreía. Se alejó de la ventana dejando caer la cortina, que la cubrió sin amortiguar el ruido de lluvia, y se acercó a la mesa donde descansaba su máquina de escribir. Era su tesoro más preciado. Eso, y una pluma que le regaló su padre cuando apenas era un niño, dos días después de que le confesara que quería ser escritor, habiéndose dado cuenta de que su hijo podía plasmar palabras sobre el papel con la facilidad de un escritor aventajado. La máquina la adquirió en una tiendecita que había encontrado doce años atrás en el barrio de Montmartre de París, tras mucho ahorrar. La vio por primera vez un martes, cuando salía de la pequeña y destartalada buhardilla que había alquilado a un precio exagerado para el esta...

Dream on

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Y las libélulas y mariposas revoloteaban alrededor de su cuerpo casi desnudo, tumbado sobre la hierba, blanco como el marfil. Era tan nívea, tan bella... el sol se reflejaba en su delicadeza, mientras ella pensaba, soñaba... y dejaba que los mil pájaros de su cabeza la llevaran con ellos a donde sólo los pájaros de las mentes de los locos saben llegar. Blanca PeGarri

A las once y media.

Eran las once en punto. El oleaje mojaba la arena y las rocas, dejando una estela de espuma blanca tras de sí. El cielo estaba oscuro, y en su negrura brillaban las estrellas, que dibujaban constelaciones y titilaban a su antojo. Se sentó a esperar en las rocas que sobresalían de la playa. Eran las once y cinco, aún tenía veinticinco minutos por delante para pensar bien qué iba a decirle y cómo lo haría. Echó la cabeza hacia atrás cerrando los ojos y tomó una bocanada de aire, sintiendo la humedad entrar por su nariz y recorrer el camino hasta los pulmones, el fuerte aroma a salitre impregnándose en sus fosas nasales. El vaivén de las olas le relajaba. Mantuvo sus ojos cerrados todo el tiempo. De vez en cuando, la intensa luz del faro, que iba girando, atravesaba sus párpados y le hacía cerrar los ojos con más fuerza, arrugándolos. Todo era brisa, humedad y sal. Olor a mar. Eran las once y cuarto. Faltaban tan solo quince minutos. A las once y media llegaría y entonces habría ll...