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Las cenas de antes

Hoy he preparado para cenar setas con longanizas, como las hace mi madre y como las hacía mi abuela. Llevan bien de aceitito y perejil, para poder mojar bien el pan. Estoy en mi escritorio escuchando la sartén hacer chup-chup  en la cocina y oliendo el recuerdo (otra cosa no, pero mi extractor absorbe hasta los peores días) de una cena con fundamento -y no mi usual y poco laborioso tomate cortado y lata de sardinas. Pienso en qué escribir y me doy cuenta de que últimamente vuelvo mucho a mi abuela. A cómo preparaba todas sus cenas con cuidado y, sobre todo, cómo en todas podías mojar pan. Bebía un poco de tinto y luego comía palmeritas, porque "a mí esto no me tiene que faltar". A cómo bendecía la mesa siempre y cómo observaba si la seguías, pero siempre cauta y siempre, siempre, con el amor de una de sus palmeritas al terminar. Lo que hace un plato de setas con longanizas. Últimamente pienso mucho en mis raíces. Será porque antes no las sentía y sólo quería volar (no me hizo...

Sobre los 30

Ha pasado un año y un día desde que cumplí 30. La cosa prometía; me encontré con un año lleno de vacío y vacío de nada. Cómo me gustan las montañas rusas, aunque jure cada vez que no subiré a una porque me dan vértigo. Hago balance, como si estuviera frente al reloj en la Puerta del Sol, de lo bueno y lo malo. Cuánta angustia y cuánta euforia. Cuánto cambio ha habido. Aprendizaje. Parece que entrar en la treintena te acerque más a tu infancia que a tu madurez; me compré un libro de plantas sólo porque sabía que mi abuelo lo hubiese tenido y he puesto una foto de cuando mis abuelos eran novios en un marco bonito en mi salón y les saludo todos los días. Cómo me gusta amarrarme a mis raíces ahora. Luego no dejo de comprar plantas, porque siempre las acabo matando, pero no pierdo la esperanza de que seré capaz de mantener algo con vida (me sigue entusiasmando la ironía de la metáfora). Y aunque los treinta me ponen delante a la niña y la tierra, las veo con ojos más sabios (mi yo de cincue...

Meditación frente al mar una mañana de domingo de julio

Estoy sentada frente al mar. Es temprano. Atrapo el aire en respiraciones lentas, húmedo y pesado, y cae denso en mi pecho, que guarda porciones de salitre para abastecer mis propios mares. La brisa azota mi cara y algunos mechones sueltos bailan rebeldes y libres. Mi cara está fresca, el viento va despertando sus poros. Siento las mejillas (y soy consciente de que no solemos sentir las mejillas). El viento, la brisa, el mar de lejos, las acarician y se sienten vibrantes mientras las sirenas susurran sus cantos extranjeros en mis oídos.  Huele a pan tostado y guardo su esencia a la altura de mi paladar. Lo imagino con aceite y tomate. De lejos, algún niño madrugando en domingo. Los pájaros silbando los buenos días. Alguna gaviota vuela y su parla acompaña las olas en su vaivén hipnótico. El sol que no se atreve a salir de detrás de las nubes sí que se cuela curioso entre ellas para calentar el agua y su reflejo se me antoja cristales entre el oleaje y la espuma. Vuelvo al ...

Tren

Hoy iba en el tren leyendo mi propio libro. Ya lo estaba leyendo mientras esperaba el trasbordo y al elegir un asiento rodeado de otros vacíos en mi afán por perseguir la soledad, el chico que estaba detrás de mí en el andén se ha sentado enfrente. Yo he seguido leyendo, intentando reconocerme en esas páginas llenas de versos y palabras que me sonaban viejos, casi ajenos. He sentido cariño por esa Blanca tan niña y de alma vetusta, y cierto orgullo por estar -literalmente- en el siguiente tren. Me absorbían mis propias palabras, aunque me sonasen raras, y la música que golpeaba tal vez con demasiada fuerza mis tímpanos. La música, siempre. Fuera de mi burbuja, como si de una dimensión lejana se tratara, sonaba una voz. El chico de enfrente me estaba mirando y movía la boca.  Me he despertado de mi ensimismamiento y me he quitado los auriculares dejando a Santi Balmes y a Enrique Bunbury en un segundo plano sin dejar de sonar.  Perdona, ¿qué? Sigo igual de empanada que siempre,...

LATIDOS

Latidos que rompen el pecho, que desgarran cada milímetro de piel, cada milímetro de sueños y vida. Latidos que quieren huir del cuerpo, que quieren escapar y sentir la calma del aire, dejarse llevar. Latidos que no dejan dormir, que no dejan respirar, que no dejan vivir.  Latidos que hacen recordar que un corazón llora y que necesita caricias, besos, abrazos.  Latidos que gritan silencios. Latidos que rompen el alma.  Latidos que rompen.  Latidos, sin más.  Latidos. -perteneciente a mi libro Gravitacional.   Todos los derechos reservados.

En realidad estoy en paz y me permito tener días así. Y eso está de puta madre

Me siento por detrás de todos en todos los sentidos. Me siento encerrada y anclada a una jaula sin barrotes con grilletes invisibles. Quiero despegar pero mis pies están llenos de pegamento, quisiera llegar pero camino y no avanzo. Estoy exhausta, no paro y sigo en el mismo lugar con la misma calderilla en los bolsillos (incapaz de pagar un estudio de 30 metros cuadrados al que llaman piso con encanto con la taza del váter junto a la cama de cuerpo y medio y la cocina de cabecera), con la misma soledad en el alma y en mis brazos. Estoy cansada de no parar y seguir en el mismo jodido sitio, de ansiedad, de lágrimas, de frustración,  de sonreír cuando me dicen "ya te llegará" con una palmadita en el hombro sabiendo que no les importa porque no conocen el sentimiento de sentirse un fraude, un fracaso, no me conocen, y no llega y mientras tanto los veo felices con sus vidas plenas con esa estabilidad que yo jamás había buscado. Pero mira, he desarrollado una pasión especial por n...

Veintimuchos en 2021

El vacío.  La frustración. La incomprensión. La duda que no deja de preguntar. La inseguridad. El resentimiento. Las ganas paralizadas. Las ideas marchitas. Las ideas marchitándose.  La esperanza hecha humo. El llanto. La ansiedad. La desesperación. El encierro. El miedo. La angustia.  La pasión dormida. El cansancio. La desmotivación. La rabia. El desánimo. La rendición llamando a la puerta. La resignación. La negación. La emigración. La búsqueda. La devastación. El desaliento. Las ilusiones apagadas. La soledad. Los sentimientos encontrados. Los gritos ahogados. Los bailes perdidos. El futuro. La oscuridad. Lo que pudo ser. La existencia. El hundimiento. El frío. Los suspiros.   La nada. Blanca PeGarri

Los abrazos robados

Nos los han quitado. Nos han robado los abrazos.  Nos los arrebataron  sin casi darnos cuenta y nos damos cuenta de que estaban  ahora que no nos dejan tenerlos. Nos han vaciado los brazos pero hemos llenado nuestros pechos de ganas de amor, de hermandad, de esperanza, de ganas de todo. Ahora nos miramos más a los ojos (¿alguna vez has abrazado a alguien con los ojos?) y decimos tanto y amamos tanto y compartimos tanto con dos miradas que se cruzan. Duele un poco. Por la noche me gusta taparme con la manta hasta la barbilla y cerrar los párpados muy fuerte  para recrear todos los abrazos que he guardado en ellos. A veces la garganta se queja y se desanuda dejando al lagrimal hacer su poesía. Y echamos de menos a los que ya no están, a los que están, pero lejos, a los que están cerca y no podemos apretar entre nuestros brazos. Reprimo mis impulsos y me autoconvenzo de que ese es el mayor acto de amor y me debo a la intensidad de mis miradas a las que confío todas mis ...

Año nuevo

El tiempo sólo es tiempo. Es una invención humana, un concepto abstracto, no es nada, aunque puedes hacer de él todo. Cambiar de año no cambia las cosas. Cambiar tú, sí. El tiempo no es una excusa. No es una excusa para dejar de hacer algo, o para hacerlo (aunque mejor esto). No es una excusa para sentarnos y verlas venir. Sentarnos a esperar que las cosas vengas solas y nosotros las aplaudamos, y si no llegan, nos quejemos. Sentaditos porque "el tiempo todo lo cura". Lo que tú hagas, con paciencia y tesón cura. Lo que tú hagas, da fruto. Lo que tú hagas hace cosas.  El tiempo no sirve como excusa. El tiempo sólo es tiempo. Blanca PeGarri

Me he vuelto bruma

Te he echado tanto de menos que me echo de menos a mí. ¿Dónde he estado todo este tiempo en que he ido detrás de tu recuerdo, en que me he ido y no he vuelto o no he sabido cómo demonios volver a mí? He estado tan cegada en tu sombra que he alumbrado de bruma mi luz, tan obstinada en la memoria que ya no veo en el reflejo de mis ojos más que la cruz en la que yo te convertí. Añoro una sonrisa  sin tu nombre subtitulado debajo y mis ojeras de una noche entre libros y no de pasarla hablándoles de ti a mi gato y a mi almohada húmeda. Echo de menos  mi mano escribiendo versos  de amor propio y de flores que brotan y en cambio todos empiezan con tu inicial, y las demás letras se diluyen y se esfuman,  disléxicas, hasta que tu nombre se vuelve a recitar como el del subtítulo bajo mis labios, ese que se transcribe  cada vez que asoma una sonrisa, esa que asoma cada vez que veo en mis ojos la cruz, esa que veo cada vez que me quedo ciega en tu sombra, esa que ciega el c...