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La historia interminable

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Echando la vista atrás, veía a una niña pequeña rodeada de montañas de libros. Libros de todos los tamaños y colores, cuentos, relatos y novelas infantiles. Una niña que, desde antes que pudiera recordar, ya andaba con un libro en su regazo. Le gustaba leer en su escritorio, en la cama antes de acostarse, incluso en el suelo de su habitación. Le gustaba repantingarse en el sofá, primero apoyada sobre su lado izquierdo, luego sobre el derecho, después bien sentada y también boca abajo con las piernas apoyadas sobre el respaldo. Incluso le gustaba leer sus propias historias, que inventaba una y otra vez tras sus largas tardes de lectura.  La pequeña fue creciendo. En su adolescencia, cuando todos preferían ir al cine o jugar con la Playstation, ella era feliz cuando le regalaban un libro por su cumpleaños. Había leído decenas de libros a lo largo de su corta vida. Cuando leía sentía que el mundo se detenía durante un rato, que nada más importaba. Los problemas y las preocupaciones...

New Year's Eve

"Another year over, a nd we're still together,  it's not always easy, b ut I'm here forever." Otra vez 31 de diciembre. De nuevo celebramos el fin de un año y la llegada de uno nuevo. Todo el mundo está escribiendo en sus muros sobre ello: reflexionan sobre su último año, sopesan los buenos momentos y los no tan buenos, se plantean propósitos y metas por cumplir y se da gracias a toda la gente que te ha rodeado y te ha hecho más fuerte o más feliz. Seguramente muchos tienen una libreta al lado que diga "PROPÓSITOS PARA EL 2014" y que habrán llenado de cosas, sabiendo que no cumplirán ni la mitad. Pero en cierto modo nos hace sentir realizados. ¿Cuántos propósitos de esos hemos cumplido durante este último año? Más bien pocos. Pero está bien proponerse cosas: te hace luchar por lo que quieres y, si lo consigues, aunque sólo sean un par de cosas, te llena por dentro y hace que te sientas realizado, feliz. Feliz. Ahí está la clave. Nunca, nadie, jamá...

Lo que los ojos susurran

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- Dime qué piensas - pidió ella, casi suplicando -. No me mires así, dime qué sientes. Él la miraba. Se había quedado sin palabras y no sabía si se atrevía a revelar su secreto. Tal vez, todo se echaría a perder y no se sentía preparado para un golpe así. Se incorporó primero y luego se levantó, acercándose poco a poco a ella, que permanecía inmóvil enfrente suyo, mirándole de hito en hito y esperando una respuesta sincera. Se detuvo a pocos centímetros de donde ella se encontraba y le devolvió la mirada. Algo le embargó. Eran los ojos más misteriosos que jamás había visto y aún así, le atraían como a un mosquito la luz. Eran preciosos. Su mirada dura y tierna a la vez, como dulce ponzoña, llena de sinceridad, le habló por fin. Entendió lo que esos ojos le estaban diciendo, lo que le habían estado diciendo todo este tiempo. - Por una vez, sincérate. Ábrete. No permitas que tenga que adivinarlo yo todo. Estoy agotada... Llevó el dorso de su mano a la mejilla húmeda de ella, la aca...

Mesa para dos

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Las burbujas explotaban al llegar a la superficie provocando un ruido que se le antojaba relajante. Bajó el fuego hasta hacerlo desaparecer y el agua dejó de hervir. Los huevos que habían estado bailando en ella se quedaron inmóviles, como el resto de cosas que la rodeaban en la fría cocina de su piso. Miró con gesto impasible el cazo y, tras unos segundos de profundo silencio, lo agarró por el mango y lo acercó a la pila. Mientras remojaba los huevos en agua fría y los pelaba sintió la quietud de la habitación. Paseó su mirada alrededor de ésta y una ola de soledad la golpeó. Dejó los huevos duros ya pelados en un plato y sacó la cena que había sobrado del día anterior del frigorífico para recalentarla en el microondas. Dispuso los cubiertos y los platos sobre la mesa y rebuscó en un cajón de madera desvencijada hasta encontrar una pequeña caja de cerillas, con el nombre de un hostal de carretera impreso en la parte superior seguido de un número de teléfono y un dibujo de un mariachi ...

Miedo

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Se levantó de la cama. Se había dormido con la ropa puesta, ni siquiera se había dignado a quitarse los zapatos antes de tirarse en el colchón. La cabeza le daba golpes, recordándole la cogorza que había cogido la noche anterior. Se levantó con dificultad y se acercó tambaleándose hacia la puerta del baño. Se quedó de pie frente al espejo y contempló su aspecto penoso: los vaqueros desabrochados y medio caídos, la camisa abierta y llena de manchas de alcohol y el pelo alborotado. Las ojeras eran las protagonistas en su cara en ese momento. Se lavó la cara y las manos con agua fría y se acercó al retrete. Meó durante lo que le pareció un siglo y al acabar se alejó hacia su cama otra vez, sin tirar de la cadena ni bajar la tapa. Mientras salía del aseo se dio cuenta de que lo había hecho al revés: primero tendría que haber vaciado su vejiga y después lavarse las manos. Daba igual, no pensaba volver a recorrer el metro que le separaba de la pila. Llegó a los pies de la cama, se quitó la r...

Infinitamente eterno, siempre.

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Lo fantástico era poder ver todo aquello. Playa de arena blanca y fina, las olas espumosas besando a la orilla, la luna empezando a menguar y la brisa rozando sus mejillas. A lo lejos, calles llenas de gente y música, inconscientes de lo maravilloso que era aquel momento. Las huellas dibujaban un camino tras ellos mientras el vaivén del agua las intentaba borrar. Estaba tibia. Detrás del dedo gordo del pie, fueron los tobillos y más tarde las rodillas que se alargaron hasta las ingles. Lentamente, el agua fue cubriéndolo todo hasta llegar a la cintura de él y un poco más arriba de la de ella. Se abrazaron. Un abrazo intenso, largo, sentimental y cariñoso. La cara de ella se alzó encontrándose con los ojos de él. Esos ojos. Y sus labios se buscaron mutuamente hasta rozarse primero y derretirse después. Las olas, juguetonas e impertinentes, los separaban y los juntaban, convirtiendo así el beso en un poderoso caos. Una risilla salió de la boca de ella, quien pudo notar cómo la boca de ...

Loca subconsciencia

Se despertó confusa y extrañamente aliviada. ¿De verdad había soñado eso? ¿Otra vez? ¿Esos sueños perturbadores y dudosos habían vuelto de nuevo? Por una parte, se sentía feliz por haber despertado ese fantasma que dormitaba en su subconsciente. Pero por otra parte... ¿seguía ahí? ¿Por qué? Verdaderamente no sabía con exactitud qué era lo que había soñado. Había tantas imágenes, tantas palabras, tantas sensaciones... No sabía siquiera su identidad. Sólo podía recordar el abrazo a través de su espalda, el sentimiento de alivio tan reconfortante que sentía al abrazar ese cuerpo y esa rara felicidad atada a la atracción. La duda recorría su médula. ¿Por qué invadía su tranquilidad? No quería que se marchara, pero la razón le pedía a gritos que le dijera lo contrario: Le quiero, ¿por qué vienes a molestar? Esas palabras no paraban de salir de su boca, inconsciente y muerta, que sonaban repetitivas e insistentes en el oído de él. Y ahí estaba, el abrazo eterno, tierno como un beso a un...

Zumo de nubes

Las gotas se precipitan desde el cielo y golpean las aceras, los tejados, las farolas, los bancos, los árboles y los paraguas. Golpean al que corre a refugiarse y al que pasea disfrutando de ellas. Golpean a los enamorados que se besan sin importarles mojarse, creyéndose en el instante más romántico de sus vidas. Las gotas golpean a los gatos callejeros, moribundos y sucios que huyen odiándolas y a los periódicos del día anterior emborronando su tinta y deshaciendo sus hojas. Caen sobre la hierba alimentándola, caen sobre el asfalto volviéndolo aún más oscuro, caen sobre los hombros de quien quiso bailar bajo la lluvia con su paraguas cerrado, caen sobre las ventanas resbalando, formando caminos y carreras en sus cristales. Se mezclan con la saliva de los niños que miran hacia el cielo con la boca abierta esperando beber ese zumo de nubes, se mezclan con el agua de las fuentes formando ondas perfectas, se mezclan con el sudor de los deportistas que no dejan de correr, se mezclan con la...

Amor en blanco y negro

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Las películas de amor han evolucionado a lo largo de los años. Suelen ser d emasiado  pastel, d emasiado  rosas. Obviamente, encontramos escenas románticas, pero también escenas de desamor y de perdón, otras físicas y, cada ves más, explícitas. Nos enamoramos de sus protagonistas, anhelamos encontrar un amor así, que nos regalen su dulzura cada mañana, bailar fundidos en un abrazo en el salón cada noche, a la tenue luz de las velas y con una copa de vino en la mano, que nos hagan reír con bromas inocentes, que nos den fresas con chocolate entre las sábanas. Las películas de amor, a pesar de todo, son lo que toda chica desea. Pero... ¿Qué ha pasado con las películas en blanco y negro? Sí, esas de amor tan bonitas. ¿Han pasado de moda? ¿Acaso lo romántico tiene fecha de caducidad?  En ellas se nota el guión antiguo y sobre actuado, pero qué guiones, qué romanticismo. Esos son amores puros, inocentes, con comentarios ingeniosos y a veces forzados, se prometen cosas i...

Pura adrenalina

No es amor. Hay algo que hay que dejar claro desde el primer momento y es que no es amor. Es una especie de atracción por lo prohibido, por el peligro, por el riesgo. Es como si un imán gigante tirara de ti de manera incontrolable haciendo que acabes perdiendo la cabeza o incluso que llegues al  punto que roza la obsesión. Como si la adrenalina fuera tu mejor aliada. El sentimiento de alarma hace que tu sangre corra más veloz por tus venas, el sabor amargo de lo que no debes hacer le resulta dulce a tus papilas gustativas, la excitación por aquello prohibido palpita en tu sien. El polo opuesto te atrae como a las hormigas la mermelada, o como a los tontos mosquitos la luz que les condena a muerte. Y es imposible zafarse de las garras del magnetismo. Debes de ser algo así como un kamikace, y más sabiendo que existe la posibilidad de perder, pero peligro y tensión se convierten en sentimientos morbosos: el saber que incumples la promesa que le hiciste a tu conciencia, que te saltas...