Cosas verdes y azules

Todas las crisis las sofocan cosas verdes y azules. Árboles desafiando la gravedad, hierba silvestre, el agua de mar, de un río, de un lago, de una piscina, de donde sea, un cielo raso. 

Me rodeo de campo y buceo. Sólo buceo. De repente, los sonidos ahora apenas se intuyen, amortiguados por la presión del agua en mis oídos. El ruido de mi cabeza se apaga. Dónde ha ido no lo sé, pero ya no está conmigo. Ahora peso unos cuantos kilos menos. El silencio aquí abajo es sepulcral; la piscina se ha convertido en una catedral, un acto de fe, la solemnidad de su silencio, la conversación interna como si de una plegaria se tratara.

Sospecho que la felicidad, como un estado permanente del ser, no existe. Que la vida nos pasa, o hacemos que nos pase, y hay momentos felices. «¿Qué hago yo aquí?» y «¿qué hago yo ahora?» son preguntas a las que difícilmente se les encuentra respuesta. Al menos una correcta (si los grandes pensadores de la historia llevan más de dos mil años contradiciéndose sin lograr firmar la paz con este tema, ¿por qué iríamos nosotros a encontrar la respuesta un martes cualquiera en medio de una crisis existencial más? Ya me gustaría a mí ver a Aristóteles y a Sartre dinamitándose el uno al otro con contrargumentos). Puede que algunas personas estemos destinadas a ser unos inconformistas de nuestra propia existencia. 

Siento el agua acariciar mis piernas mientras se deslizan arriba y abajo, oponer resistencia a mis brazadas que, a la vez, se sienten ligeras. Mis pulmones empiezan a quejarse, los reto y los pongo al límite, pero mi instinto de supervivencia me insta a ponerlos a salvo. Entonces saco la cabeza. Respiro. Siento mi corazón martilleando mi pecho y tratando de recuperar su pulso normal y me siento viva. No tiene nada que ver con las palpitaciones que me regala la ansiedad, así sin avisar, esas me acercan peligrosamente a una muerte hipotética. Me acerco al borde y saco los brazos, los apoyo en la piedra rugosa, caliente por el sol, y la humedezco con ellos mientras recuesto mi cabeza. Sube hasta mi nariz un olorcillo familiar que me hace viajar a la infancia. Piedra mojada, piececitos correteando por el borde dispuestos a saltar de bomba o de cabeza o de palillo. Alzo la mirada y a mi alrededor todo es verde y azul y pienso en la suerte que tengo en este preciso segundo de vida. Subo las escaleras mirando los peldaños para no resbalar y veo también mi traje de baño rayado. La goma está pasada, pienso, porque la noto clavarse en mi espalda. Veo mis pies desnudos ascender para después caer al suelo. El tacto de la piedra, el polvillo en las plantas.

Me siento, goteando y con la cabeza vacía de gritos, y me como unos higos muy dulces que alguien ha cogido antes de la higuera —no van a ser de un ciruelo, me digo, y me hace gracia ese pensamiento—. Lanzo las pieles al bancal y fijo la vista en el punto exacto en el que han caído. Pienso en escribir, hace bastante que no lo hago. Me apetece.

Ese pensamiento, o tal vez toda la secuencia, anodina, cotidiana, me lleva a otro: tal vez la felicidad sea esto. Hundir la cabeza. El silencio al hundir la cabeza. El agua limpiando, refrescando, envolviendo. Dejar que el aire le dé una pequeña tregua al calor y te roce las mejillas. Aire seco sobre piel húmeda. Dejar las gotas resbalar por el vientre, los hombros, la frente. Observar el verde plata de los olivos —cómo me gusta la luz reflejada en sus hojillas que no dejan de bailar con el tapiz cerúleo del cielo de fondo—. Comerte unos higos, que en realidad son brevas, aún es pronto para los higos, pero los llamas higos para evitar explicaciones aburridas. Respirar.


Blanca PeGarri

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